NO ES UN CUENTO
Dejo que caiga la lluvia y que nos ahogue con su grueso llanto,
es lo único que puedo hacer.
En mis manos no está la opción de tapar los ojos del cielo
para que no vea la tristeza y deje de llorar por la tierra
que se ha roto para siempre.
Se ha roto porque no encontramos el agua que nos da vida,
y posee la calma de los que sufren ahora
y la de cualquier otra alma.
El cielo ya no luce estrellado,
porque las luces cada día son más tenues y difusas,
ni aquellos que murieron un día
pueden saciar nuestros corazones de recuerdos,
porque ya no queda sangre en nuestros cuerpos.
Mi pena es saber que hay gente que sigue así,
ciega, viendo un programa, una canción, unas palabras…
Pero sin poder producir un pensamiento.
Siento miedo cuando el mundo se acaba y se hunde en la miseria.
Siento miedo, a veces, solo a veces,
cuando el aire se eleva y mis manos se quedan solas mientras te vas.
Cuando el silencio puede ocultarme el dolor,
logro engañarme y cegarme como ellos,
para no ver que no puedo, que hace falta más de una vida
para desvendar muchos ojos y para ayudar al cielo,
para que no llore por la tierra, que ahora es pobre.
Y ¿el amor?
Quizá no exista y sea un simple espejismo de nuestros propios deseos,
o quizá simplemente es un refugio pequeño donde el frío no llega a tocarnos,
y sentimos que llegamos a un placentero infierno.
Ahora, estoy agarrada a lo que queda,
pues después de esto no hay más.
El mundo es precioso; los árboles, los pájaros, el cielo…
Pero ¿de que sirve no estar ciegos si ahora solo podemos ver como se cae a pedazos?
Sigo a tu lado y veo amanecer cada mañana sobre la colina de la pasión,
pero siento que me deshago a la vez que huelo la última rosa de este jardín.
No hay nada duradero;
nuestro rostro convertido en pasa dulce,
nuestra mente extraviada por el tiempo,
nuestra sed de amor ahogada en los años,
nuestro sol que se raja delirando de calor,
nuestro suelo que se rompe allí donde pisamos…
pero seguimos aquí,
sintiendo esta brisa cada vez más cálida y abrasadora.
Mi dolor existe aquí, en mi pecho,
en estas palabras que yacen en este papel,
que quedan aquí suspendidas
y no sé porque sigo escribiendo.
La historia se deshace en los solitarios libros,
ya los cuentos dejaron de tener un final feliz.
Dejo que caiga la lluvia y que nos ahogue con su grueso llanto,
es lo único que puedo hacer.
En mis manos no está la opción de tapar los ojos del cielo
para que no vea la tristeza y deje de llorar por la tierra
que se ha roto para siempre.
Se ha roto porque no encontramos el agua que nos da vida,
y posee la calma de los que sufren ahora
y la de cualquier otra alma.
El cielo ya no luce estrellado,
porque las luces cada día son más tenues y difusas,
ni aquellos que murieron un día
pueden saciar nuestros corazones de recuerdos,
porque ya no queda sangre en nuestros cuerpos.
Mi pena es saber que hay gente que sigue así,
ciega, viendo un programa, una canción, unas palabras…
Pero sin poder producir un pensamiento.
Siento miedo cuando el mundo se acaba y se hunde en la miseria.
Siento miedo, a veces, solo a veces,
cuando el aire se eleva y mis manos se quedan solas mientras te vas.
Cuando el silencio puede ocultarme el dolor,
logro engañarme y cegarme como ellos,
para no ver que no puedo, que hace falta más de una vida
para desvendar muchos ojos y para ayudar al cielo,
para que no llore por la tierra, que ahora es pobre.
Y ¿el amor?
Quizá no exista y sea un simple espejismo de nuestros propios deseos,
o quizá simplemente es un refugio pequeño donde el frío no llega a tocarnos,
y sentimos que llegamos a un placentero infierno.
Ahora, estoy agarrada a lo que queda,
pues después de esto no hay más.
El mundo es precioso; los árboles, los pájaros, el cielo…
Pero ¿de que sirve no estar ciegos si ahora solo podemos ver como se cae a pedazos?
Sigo a tu lado y veo amanecer cada mañana sobre la colina de la pasión,
pero siento que me deshago a la vez que huelo la última rosa de este jardín.
No hay nada duradero;
nuestro rostro convertido en pasa dulce,
nuestra mente extraviada por el tiempo,
nuestra sed de amor ahogada en los años,
nuestro sol que se raja delirando de calor,
nuestro suelo que se rompe allí donde pisamos…
pero seguimos aquí,
sintiendo esta brisa cada vez más cálida y abrasadora.
Mi dolor existe aquí, en mi pecho,
en estas palabras que yacen en este papel,
que quedan aquí suspendidas
y no sé porque sigo escribiendo.
La historia se deshace en los solitarios libros,
ya los cuentos dejaron de tener un final feliz.
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